María
es la nueva tierra que Dios fecunda con su Espíritu (Lc
1,35a; Gen 1,2; Ez 37,14; Sal 104,30), es el nuevo tabernáculo
de la alianza, cubierto con la sombra del Omnipotente (Lc 1,35b;
Ex 40,34; Sal 91,1; 121,5); el nuevo Israel que dialoga con
Dios y cumple su alianza para siempre (Lc 1,34.38; Ex 19,8;
Jos 24,24). María es mujer de nuestra historia, abierta
a Dios y a los hombres, que ha realizado plenamente su vida
en actitud de gratuidad, en honda entrega por los otros.
Dios se ha expresado a sí mismo en la vida de María,
en la que descubrimos su misterio de amor, su comunión
perfecta. En ella, "pequeña nube del Carmelo", "lluvia
fecunda de bendición" para la humanidad entera, descubrimos
que Dios es Padre porque engendra a Jesucristo, su Hijo, en
sus entrañas santísimas. Sabemos que es Hijo porque
nace como hijo de mujer en medio de la historia. Y sabemos que
es Espíritu de vida, comunión de amor que actúa,
que se vuelve cercanía entre nosotros. Acojamos también
nosotros a María, madre del Señor y madre nuestra.
Ella es nuestro modelo en el seguimiento de Cristo, nuestro
auxilio y protección en las adversidades de la vida.
Verdadera madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos
de Jesús.